domingo, 11 de mayo de 2014

La fortuna se apiada de Nadal



Rafa Nadal muerde el precioso trofeo que recompensa la victoria en el Mutua Open de Madrid. Es el cuarto en la capital de España, en un torneo con el que confiesa tener un idilio y unas sensaciones especiales. Rafa engorda su abultado palmarés. Son ya 27 Masters 1000 y el título número 50 en tierra batida. Pero la sensación es extraña. Es el campeón sin júbilo, que gana en esta ocasión por la desgracia ajena. Y ello se debe a la mala suerte de Kei Nishikori, un tenista excepcional que se hace acreedor al triunfo hasta que claudica por lesión.
La retirada del japonés supone la victoria de Nadal por 2-6, 6-4, 3-0, tras una hora y 41 minutos, la mayoría de los cuales supone una lección de tenis del perdedor. Así ocurre a veces en el deporte. No siempre gana el que lo merece. Y Rafa lo reconoce, lo admite públicamente en las primeras declaraciones tras el desenlace. “En el primer set me ha dado una paliza”. Un gesto de sinceridad que queda a la vista de una afición que le idolatra y valora su intachable trayectoria. Esta vez le ha tocado a él la cara amable en una final que tenía en el alambre y se decantaba sin remedio a favor de Nishikori, tocado por una mano celestial.
Nadal sale a la cita decisiva del domingo con el instinto depredador de las grandes ocasiones. El ganador de 13 grandes parte con ventaja. Su experiencia en finales es infinitamente mayor. A Nishikori le avala sólo un camino excelso desde el Conde de Godó (campeón ante Giraldo) y un juego sólido, a ratos de lujo, que sólo puede empañarse por el apartado físico (gana la semifinal del sábado a Ferrer tras más de tres horas que concluyen casi a media noche). Hay quien le da por retirado antes de la final por dolencias en la espalda que ya requirieron asistencia del fisioterapeuta en los partidos ante Feliciano López y el propio Ferrer. Contra Nadal, además, el balance es demoledor: seis derrotas y un solo set ganado.
El número 1 comienza a todo gas y se anota su saque en blanco y suma un 0-30. Seis puntos consecutivos deslumbrantes, bien elaborados, sin réplica. La exhibición se detiene. Dispone de punto de break que salva Kei con un servicio ajustado que Nadal no contrarresta. El encuentro ya no es el mismo. Nishikori se hace el amo de la arcilla. Plantado encima de la línea de fondo, reparte los golpes con la precisión de un herrero que machaca el hierro sin cesar. A Rafa le asaltan las dudas. Demasiado pronto. Da varios pasos atrás y comienza a tensarse, a sentir la presión de un aspirante en vez de un campeón. La derecha, su arma más fiable, se transforma en enemiga. No le funciona. Tira fuera una y otra vez. Los juegos empiezan a caer del lado del japonés, que se lanza sin piedad sobre su víctima. Pocas veces se ha visto al mallorquín tan arrinconado, tan escaso de efectividad. Con 5-1 abajo, Rafa aún busca alguna pócima que le meta en el partido. El set cae sin remedio a manos de un jugador imparable, que ejecuta la derecha plana como un lanzagranadas y golpea el revés a dos manos abriendo ángulos inalcanzables para el español.
La segunda manga no altera el curso de los acontecimientos. Nadal, un manojo de nervios, cede de nuevo el servicio y se apresta a padecer otro calvario del que no le saca el apoyo de un público entregado. Nishikori es una máquina perfecta. Sus golpes acaban por descontrolar los esfuerzos de Rafa, que corre sin premio de un lado a otro. Todos le superan. Es un muñeco a merced de un tenista fabuloso de 24 años, que aparecerá esta próxima semana en el top-ten del ranking del año. Atisba Nadal una salida del túnel con un 0-40 en el cuarto juego, pero sus restos le devuelven al infierno. El japonés no cede. Se coloca con 4-2 y es consciente de que está ante la gran oportunidad de su incipiente carrera. El primer M1000 a dos juegos. El cielo de Madrid a un par de pasos. Rafa tira de corazón, el argumento que tantas veces le ha sacado del atolladero. Se resiste, se queja. Nadie mejor que él admite la inferioridad en que se desenvuelve. Y en éstas se produce el cataclismo, la reconversión del partido. Nishikori hace crack. La espalda se le convierte en una tabla. “Sí se puede, sí se puede”, canta la grada. Con 4-3, el servicio del japonés se hace azucarillo. Los tiros se le marchan, el dolor le martiriza. Las manos del fisio no alivian a un jugador mermado. “Sé lo que se siente en esos momentos”, dice Nadal, al que aún le escuece la final del Abierto de Australia de este año que va a las manos de Wawrinka por culpa de pinzamiento en la espalda. Nishikori es ahora un rival desnudo, sin posibilidades, que cede el segundo set por 6-4 y piensa camino del vestuario si tal vez sea más conveniente arrojar la toalla. Regresa y disputa tres juegos horrendos, paralizado, que culminan con el adiós y suponen la victoria de Rafael Nadal, el mejor jugador de la historia en tierra batida. Ahora toca el Masters 1000 de Roma, con Roland Garros al fondo. Nadal ha ganado en Madrid, pero no ha resuelto algunas interrogantes. Como él mismo dice, juega con lo que tiene cada día y no siempre es suficiente para derrotar al rival. Lo que nadie le puede arrebatar es la significación de otro trofeo en Madrid, el cuarto, y que sigue haciendo historia.   

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