domingo, 18 de mayo de 2014

Djokovic arrebata el trono a Nadal



Djokovic dibuja un corazón con su raqueta sobre la arcilla de la Centrale. Acaba de ganar el Masters 1000 de Roma a su enemigo más íntimo, al emperador de Italia. Rafa Nadal, que busca el octavo título en esta pista, sucumbe al poderío del número 2 del mundo. Un aviso para Roland Garros, el torneo supremo sobre arcilla, que arrancará el 25 de mayo. El trono está en peligro. En serio peligro. A Rafa le acecha el serbio, siente su aliento cada vez más cerca. Es la hora de los gigantes, como ha venido sucediendo en los últimos cuatro años entre ellos, donde se han repartido casi todos los premios.
 En Roma, sobre un terreno pantanoso, impropio de un torneo de esta categoría, el vigente campeón cede tras 2 horas y 19 minutos de lucha. Otra larga batalla (el cara a cara número 40 entre ellos), de la que resulta malparado en el resultado, pero consciente de que de haberle acompañado el físico seguramente hubiera sido distinto. Djokovic gana por 4-6, 6-3, 6-3 y grita al cielo de la capital romana su enorme alegría por la victoria. La grada está con él, tiene mayoría, y su respuesta es contundente. Aplasta poco a poco al campeón de 13 grandes y extiende la racha triunfal a las cuatro últimas finales (Pekín, Masters de Londres, Miami y aquí en Roma).
Novak, tras el paréntesis de una semana inactivo (se dio de baja en Madrid para recuperarse de la lesión en el brazo derecho), remonta un duelo que arranca mal para él. Juega sin convicción, sin chispa, sin estrategia durante al menos cinco juegos. Sus tiros salen desviados, inconexos, con escasa profundidad. Nadal golpea profundo, apoyado en su drive, con las pilas cargadas. Reparte los disparos a ambos lados, con preferencia a la derecha de su rival. Le funciona. El marcador lo refleja: 4-1 para el español, con dos roturas a su favor. Djokovic es un lamento, un tenista desconocido respecto a los enfrentamientos anteriores contra Rafa. Tras el segundo break, camino de la silla, arroja la raqueta para perderla de vista tras la bolsa. Vuelve y cambia de planes. A falta de precisión, decide ir a tumba abierta, a empujar a Nadal contra la valla, a hacerle correr, a que cargue las piernas. Rafa, que ha recorrido ya 12 kilómetros para llegar a esta final, se encuentra con un panorama diferente, aminora los tiros, y cede. El resultado se estrecha (4-3) y aún puede ser peor. Con 0-40, Nadal evita el empate a su estilo: luciendo su mejor tenis en las situaciones comprometidas. Saca adelante el juego y ello le permite acceder a la conquista del primer set (6-4) contra un Djokovic aún inferior.
Pero el partido es otro. El ganador de 18 Masters 1000 (dos de ellos en Roma) hasta esta fecha le discute al número 1 la supremacía sobre arcilla a base de golpes profundos, brillantes, planos. La bola se alía con el serbio, que inicia la segunda manga rompiendo el saque a Rafa y avistando un mundo nuevo al otro lado de la red. Surge entonces el jugador imparable, descomunal, que tira el revés cruzado a la velocidad de la luz y lo combina con una derecha eléctrica cuando la pelota le llega alta. El set se hace cuesta arriba para Nadal, cada vez más alejado de su mejor versión. Con 3-1 resurge el español, para romper a Nole. Pero al siguiente juego llega la contra réplica. Djokovic se coloca con 4-2 y se siente acreditado para equilibrar el partido y llevarlo a un tercer parcial decisivo.
En éste, de nuevo se pone en ventaja el serbio rompiendo el servicio de inicio. El partido pende de un hilo para Rafa, que defiende con uñas y dientes su suerte tanto en el tercer juego (salva dos puntos de rotura) como en el quinto. La casta del ganador de 27 Masters, su espíritu indomable, le permiten acosar a un rival lanzado. Le frena, le intimida. Tira y tira para provocar los errores de Djokovic, que se ve con un 3-3 inimaginable minutos antes. Hay partido. Ruge la grada del Foro Itálico. Se desatan las pasiones. Pero reaparecen los problemas para el mallorquín, que se ve contra el precipicio cuando Nole le arrebata el siguiente saque sin discusión. Es el Djokovic que ya no se arruga, que conoce los resquicios por donde aplacar al número 1. Tirar profundo, raspando las líneas si es necesario. Nadal suplica tener más piernas, más energía. Pero no hay reservas. El depósito está vacío. Y llega el desenlace, que otorga el título al mejor, a Novak Djokovic. Los datos descubren algunas causas más: 46 ganadores del serbio frente a 15 tan sólo del español. Y un porcentaje mínimo de winners con el segundo servicio, la verdadera lacra de Rafa.
En una semana llega Roland Garros, donde Rafael Nadal Parera, campeón en ocho ocasiones, defiende el título y el escalón más alto del ranking. Tras una semana intensísima, de enorme presión mental y física, el español necesita recomponerse en ambos aspectos. El asunto promete. Nos aguarda un torneo apasionante. París bien vale el noveno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario