sábado, 5 de enero de 2013

No es lo que parece



Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar la famosa bodega que les habían recomendado. Aquella visita cambió sus vidas.
Las luces se apagaron y sólo una lámpara iluminó el pasillo de acceso. Al fondo, el tintineo de los vasos hacía intuir que no se habían confundido. La pareja avanzó con pasos torpes, agarrados de la mano, evitando tropezar con cualquier obstáculo imprevisto. El hombre les recibió con una leve inclinación de cabeza e insistió en que se dirigieran al salón contiguo. Una vez allí, la silueta de dos personas se acercó a ellos, hasta situarse enfrente. La penumbra impedía distinguirlos con detalle. Al unísono, extendieron sus manos en señal de ofrenda y deslizaron sobre ellas sendas rosas de un color indescifrable en esa oscuridad.
Un camarero apareció con una bandeja en la que había sólo dos copas. Sintiéndose obligados, tomaron ambas y bebieron unos pequeños sorbos. De inmediato, un ligero sopor invadió sus cuerpos, que se desplomaron al cabo de unos segundos cual sacos de arena. Al despertar, la mujer se encontró ante una ventana. Una luna inacabada de color sepia la observaba mientras se reponía de aquel trance misterioso. Una soga la mantenía asida a una silla. Junto a ella, el marido seguía sumido en un profundo sueño.
Quiso gritar, pero se contuvo. Comprobó que la cuerda no estaba demasiado oprimida y poco a poco se afanó en desatarse, hasta que lo consiguió. Se acercó al hombre y verificó que estaba vivo. Un hilo de emoción recorrió su cuerpo, al tiempo que pensaba en la mejor alternativa para escapar del drama. Entonces vio al monstruo, que dirigía sus pasos hacia ella con idea de estrangularla. Percibió su corpachón amoratado y unos brazos gruesos y duros como leños, rematados por unas manos deformes y nudosas como raíces de árbol, esas manos que rodearon su cuello y empezaron a apretar y apretar. Mientras se le iba la vida, recordó de nuevo aquel cielo infinito, donde miles de estrellas, luminosas como las bengalas, parecían darle la bienvenida.
De repente, la escena se tiñó de negro, como si el telón bajara al final de la obra. Entonces, un suave perfume masculino le devolvió la consciencia. Abrió levemente los ojos y se descubrió en aquella cama, reconocible y confortable, su cama de matrimonio. Alguien se acercó a su oído y le susurró: “Buenos días, querida. Recuerda que hoy cenamos en aquella vieja bodega de la que te hablé”. Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba a abajo.

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