domingo, 13 de enero de 2013

La visita nocturna



El cementerio se me antoja un espacio acogedor. Me cuelo por un hueco entre los barrotes oxidados de la parte trasera de la valla y me empapo del aroma que allí se respira. Huele a velas recién apagadas, a incienso, a perfume rancio de flores secas. Camino entre las tumbas, despacio, observado por la inconcreta mirada de los búhos, ocultos entre las ramas de unos árboles que parecen darme la bienvenida. Me detengo frente al gran panteón, extiendo los brazos y cierro los ojos para permitir que el viento envuelva mis párpados.
Dejo que mi pelo se estire, permito que las sombras rodeen mi cuerpo, acepto que la hojarasca cosquillee mis mejillas con una melodía quebradiza e hipnótica. Todo suena armónico. Y aparece la luna, que también baña mi piel, roza mis labios entreabiertos e inyecta vida en ese espacio profundo en el que nos hallamos. La oscuridad cede al impulso de su reflejo. Cuando surge la aurora, emprendo el camino de regreso.
No siento tristeza, sólo el deseo imperioso de que el tiempo pase y me regale, veloz, otra madrugada de luna llena. Y de nuevo me deslizaré sobre la tumba, sigiloso y temerario, en busca del recuerdo que le hizo famoso ante la humanidad. Romántico, eterno, criticado, perdedor. Sí, soy yo, tu hacedor. No estamos muertos.

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