lunes, 7 de enero de 2013

La enésima versión



A veces me daban ganas de agarrarle del cuello y decirle cuatro barbaridades. Quién se había creído que era. Por el hecho de ser su abogado de oficio no tenía derecho a tratarme de esa forma. De un tiempo a esta parte, era consciente de que me mentía reiteradamente. Llevaba decenas de versiones sobre el suceso del día de autos. Un problema de identidad, no me cabía duda. Uno enfrente del otro, cara a cara, con el policía al fondo de la habitación como testigo mudo, esa mañana volví a rogarle una declaración convincente para afrontar el juicio. Era su última oportunidad. Tras unos segundos de angustiosa espera, habló: “Aquel individuo se rió en mi cara. Se negó a retirar la orden de desahucio. Tuve que matarlo allí mismo. Había motivos sobrados”. Salí con la convicción de que esta vez tampoco me dijo la verdad, pero un sentimiento de comprensión me animó a seguir con la defensa.

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