miércoles, 9 de enero de 2013

Guárdame el secreto



Tengo un amigo que desborda imaginación. Por ejemplo, cuenta Daniel, que así se llama, que vio a su madre desde el ventanal de la oficina donde aquel día asistía a una reunión de trabajo. Tan lejos de casa, le extrañó la presencia en aquel lugar de su progenitora. Intrigado, desatendió por momentos la cita y concentró la mirada en ella. A punto de salir a su encuentro, la mujer se aproximó a un individuo y lo besó. Juntos y abrazados, se perdieron entre la gente por la calle peatonal. Parecían dos enamorados de la tercera edad. Dice mi amigo que los volvió a ver al día siguiente, y al otro y al otro. Así, durante semanas, Aguardaba escondido entre las sombras su llegada y se emocionaba con sus gestos, las expresiones cariñosas, el amor que se profesaban. El asunto me cautivó, no lo niego, y le comenté: “Será un romance sin trascendencia, ten presente que los ancianos no soportan la soledad y buscan compañía entre los de su edad”. La respuesta me dejó perplejo: “Sí, pero es que mi madre murió hace un año”.   

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