miércoles, 16 de enero de 2013

El cartero ya no llama dos veces



Depositó la enorme bolsa de cuero en la mesa de la estafeta y vació de golpe todo su contenido. Decenas de cartas se esparcieron por el carcomido mueble. Como cada día, separó la correspondencia según el destinatario y la población. Mientras leía las direcciones y procedía a su clasificación, la emoción le embargó el corazón. La vista se le nubló por unos instantes, los ojos se le humedecieron. Respiró hondo y prosiguió la tarea, con calma, metódicamente. Hasta entonces, se creía una persona incapaz de llorar. Volvió a leer, esta vez en alto: “Para Carmen. Para Tomás. Para Eustaquio. Para Joaquín. Para el panadero. Para el pastor. Para el maestro. Para el alcalde. Para su mujer. Para…"
La operación, como de costumbre, le llevó no más de media hora. Rellenó de nuevo la cartera y salió a la calle. Allí la esperaba la motocicleta, compañera fiel durante los últimos años. A ella le dirigió el epitafio: “A partir de mañana, el cartero ya no llamará dos veces”. Otro oficio que desaparece.

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